jueves, enero 30, 2014

Una muñeca no puede vivir sin amor


 
 
 

Era marzo.

 

Un mes diferente de un año muy distinto, pero aquella habitación seguía siendo la misma. Sencilla, limpia y ordenada. Me senté lentamente al borde de la cama observando lo que estaba a mi alrededor, todas esas cosas que creí que jamás volvería a ver. El departamento estaba solo, tal y como lo habíamos planeado.

Creí que me sentiría extraña al volver, pero sucedió lo contrario; me sentí como si por primera vez en 393 días me encontrara en casa. Me acerqué al espejo pero no me sonreí a mí misma. Me habían construido para ser hermosa, pero en ese momento no me sentía de tal manera. Mi dueño había escogido una cerámica para mi piel tan blanca como el algodón y había coloreado con rosa dos círculos perfectos en mis mejillas. También eligió un par de ojos que abarcaban la mitad de mi rostro y los adornó con unas pestañas larguísimas. El pelo que me puso era de un hilo rojo y brillante que se enrollaba en forma de espirales.

Suspiré. Busqué en mi bolsa un bilé rojo y coloreé mis labios lentamente. Me gustaban los colores fuertes, porque contrastaban con la cerámica blanca y me daban un poco de la energía que yo no tenía. Seguí colocándome el labial a pesar de que ya había desaparecido cada grieta blanca de mi boca, no podía detenerme. Quería más color. Quisiera pintar toda mi piel.

 

                – Mi muñeca ¿Planeas terminarte todo ese pintalabios esta noche?

 

Mi mano se detuvo al escuchar su voz. Odié el hecho de que entrara en silencio, porque no me dio tiempo de prepararme para su presencia. Giré el rostro y me dolió tan solo de verlo… estaba tan diferente. Amaba como los humanos crecían, cambiaban. No como yo, que mi apariencia siempre era la misma.

                – Mi dueño – pronuncié guardando el maquillaje

Él sonrió ampliamente.

                – No has cambiado nada

                – Sabes que no puedo cambiar

                – Si, lo sé. Por eso eres perfecta.

 

Con unas cuantas zancadas, el se acercó y tomó mi rostro. Me besó con fuerza, rapidez, pasión. Se separó tan solo un poco para tumbarme sobre la cama y acomodarse encima de mí. Me miró con ternura y entonces lo supe: él también me había extrañado.

Volvió a besarme profundamente y mis manos se refugiaron bajo su camisa. El calor corporal de los humanos era una adicción para todas las muñecas. Era eso lo que nos excitaba, lo que nos volvía locas. La piel siempre era cálida. Y siempre olía a éxtasis.

 Respiré hondo cuando volvió a separarse y observé su rostro manchado de labial. A él nunca parecía importarle aquello.

                – Tus labios siempre son tan fríos – murmuró pasando su lengua por ellos

                – Y los tuyos tan calientes

                – ¿Por qué dejamos pasar tanto tiempo?

                – Porque… – dudé al recordar. Aquello me había lastimado mucho – te diste cuenta que las humanas son mejores que yo

                – Muñeca… nadie es mejor que tú

En ese momento, mi dueño agarró el borde de mi vestido y lo quitó lentamente, mientras observaba cada centímetro de mi cuerpo.

                – Hace un año que no te toco

La ropa cayó al suelo, dejándome completamente desnuda ante él. Sus ojos se abrieron y me miró con preocupación ¿Eso quería decir que le importaba? ¿Me quería?

                – Estás rota – susurró sin separar la mirada de mi pecho

                – Me siento rota – admití

                – ¿Quién no te trató con cuidado? – preguntó molesto

                – Ni siquiera lo recuerdo – le mentí

 

¿Qué caso tenía confesarle que aquel hueco se había formado en cuanto él se fue? Lo importante es que ya estaba conmigo de nuevo. Eso me repararía.

 

 

 
 

Había humanos que creían que las muñecas no sentíamos nada porque estábamos vacías, pero la verdad es que aprendemos a hacerlo. Y yo estaba perdidamente enamorada de ése hombre que me tenía entre sus brazos. De cómo me besaba, me tocaba, me hacía el amor tan lentamente que mi cuerpo comenzaba a arder y, durante ese breve segundo, me convertía en una humana; en una mujer… antes de que mi cuerpo volviera a endurecerse como la cerámica.

                – Te amo – me atreví a decir con los ojos cerrados

Caí sobre la cama aún respirando agitadamente. Él me había soltado. Temblé al sentir que el calor se desvanecía y el frío volvía a entumecerme lentamente. Abrí los ojos.

                – Lo siento – se disculpó con una mirada extraña – no te construí para amarte

Un fuerte crujido fue lo que me hizo comprender que el agujero en mi pecho había crecido. Él me miró, completamente horrorizado.

                – Muñeca

Me cargó para acercarme un poco a él, pero esa vez no sentí su calor. Ni percibí su aroma. Solo era consciente del inmenso dolor que estaba sufriendo. Mis brazos comenzaron a agrietarse lentamente hasta llegar a la punta de mis dedos y lo mismo sucedió con mis piernas.

                – ¿Qué te sucede? – preguntó asustado

                – Una muñeca no puede vivir sin amor – susurré


Y entonces comprendí lo ciertas que eran mis palabras. Si había logrado sobrevivir todo este tiempo, fue por el amor que yo sentía por ése hombre. Un amor que él acababa de matar. Un amor, que de todas maneras, no se merecía.

Exhalé por última vez. Mis ojos se cerraron en ese momento y mi cabeza cayó hacia atrás.

 

 
 

 En ése instante, la primera muñeca murió.  





 

lunes, diciembre 30, 2013

Nunca lo sabrá



Cuando va manejando, me gusta ir a su lado. Sobre todo porque puedo adueñarme del auxiliar que está conectado a su estéreo y conectar mi Iphone para poner música. A veces, me dedico a exasperarlo poniendo una canción que a mí me gusta mucho pero que él detesta. Entonces me mira como si yo no tuviera remedio, reprime una sonrisa y mueve la cabeza negativamente mientras yo bailo, o hago el intento, en el asiento del copiloto. Cuando no tengo ganas de molestarlo, pongo de esas canciones que se que le encantan y que yo, por tanto escucharlas, también me he aprendido. Entonces vamos los dos cantando a todo pulmón sin importar que la gente nos mire raro.

 

Ese día estábamos más emocionados que de costumbre. Él sabía ocultarlo muy bien, pero yo me sentía como una niña de 5 años en plena Navidad. Habíamos hecho planes con nuestros otros amigos y nos dirigíamos al bosque para acampar. Aquella prometía ser una noche estupenda. Por eso, ninguno de nosotros sospechó que algo podría salir mal.

 

Hay una serie de reglas a seguir cada vez que me subo a su coche. Una de ellas, es no poner la canción prohibida, pero como ya le había dado gusto con las primeras pensé que no habría problema si la ponía un rato. Él no se enojó en serio, pero en medio de un intento por molestarme, volteó hacia su estéreo e intentó cambiar de canción mientras me regañaba y me recordaba las reglas. Yo me reí, pero aquella risita tonta se cortó de golpe cuando miré al frente y me percaté de que el puente por el que íbamos se había curveado de repente. 

 

Grité su nombre con tanto miedo que inmediatamente dejó el estéreo y miró hacia el frente, aunque, de todas formas, no alcanzó a reaccionar. El coche atravesó el barandal blanco y cayó en picada. Recuerdo que mientras gritaba intenté aferrarme con las uñas de lo que fuera pero, cuando impactó contra el suelo, mi cuerpo se fue hacia adelante y mi frente se estrelló en contra del parabrisas.

 

A pesar del aturdimiento que aquello ocasionó, aún así pude sentir como la sangre empapó rápidamente mi mejilla. Apreté los ojos con fuerza mientras el carro, después de caer de cabeza, comenzaba a rodar sin detenerse hasta estrellarse con una pared de concreto. Quedamos ladeados. Hubo varios minutos de silencio, de conmoción, hasta que escuché su voz y me calmé por el simple hecho de que siguiera vivo.

 

Dijo mi nombre, una y otra vez. Al ver que no le contestaba, colocó su mano en mi hombro y me sacudió un poco. Mi cabeza cayó sobre mi hombro, inerte.  No pude volver a abrir los ojos o la boca. No pude responderle ni mirarlo por última vez. Gritó mi nombre, con una desesperación que nunca había sido común en él. Pero no podía hacer nada. Yo ya no podía volver. Sabía que estaba muerta y me quemaba de rabia escuchar cómo me seguía llamando sin obtener ninguna respuesta…

 

Y yo… yo nunca le dije cuanto lo quería. Nunca supo lo mucho que estaba enamorada de él, de sus ojos cafés, de sus tontas reglas y de las canciones que cantábamos juntos.

 

Y ahora… nunca lo sabrá.

 

 

viernes, septiembre 13, 2013

Huída





Antes incluso de que abriera los ojos ya sabía que ella se había ido. De hecho, aún cuando le estaba haciendo el amor sabía que se marcharía. Lo supo cuando ella abrió la boca y soltó un gemido que sonaba a rendición junto con un beso que sabía a despedida. Pero no dijo adiós, solo dejó un ligero rastro de perfume entre las sábanas, más el corazón roto que no se quiso llevar por miedo a quererlo.





 
 

sábado, septiembre 07, 2013

Día número 540.




Ha pasado tiempo desde que no te veo. No sé dónde estás, pero he procurado no moverme de mi sitio mientras te espero. Estoy cansada de estar encerrada en este lugar y tener que pasar días enteros sin ti, pero sé que cuando te vea todo valdrá la pena. Estoy acurrucada en una esquina. Mis muñecas me duelen, la última vez que viniste las ataste tan fuerte que la rasposa cuerda poco a poco abrió mi piel, haciendo que sangrara. Procuro no moverme para no hacerles más daño. Espero que llegues pronto, las ataduras también lastimaron mis tobillos, aunque hace días que dejé de prestarles atención. Te alegrará saber que por fin me acostumbré al frío, un poco tarde, lo sé, puesto que el invierno está a punto de finalizar otra vez. He notado que cada día respiro más profundo, pero solo siento el aire cuando un breve suspiro se escapa de mis labios, clamando tu presencia. No me estoy quejando, sé que no has tenido tiempo de venir a sanarme y lo comprendo. Te espero. No me estoy volviendo loca, me repito una y otra vez.

Cierro los ojos y comienzo a pensar en ti, es la única forma de hacer que el tiempo pasé más rápido. Imagino que te veo, caminando hacia mí con tu dulce sonrisa, dulce mirada. Te agachas frente a mí y acaricias con tus dedos el largo de mi brazo. Mi cuerpo despierta de aquel poderoso letargo con un estremecimiento y mi corazón comienza a golpear con fuerza mi pecho, porque le encantas tanto como a mí. Dos de tus dedos alzan con cuidado mi barbilla, pues sabes que estoy débil. Dices mi nombre y me besas profundamente. Yo sonrío, había esperado tanto eso… al separarte comienzas a susurrar con ternura todas las cosas que te gustan de mí, mientras me pides que no deje de mirarte a los ojos. Me desatas y puedo abrazarte, te aprieto contra mí con el resto de mis fuerzas, el perfume de tu cuello me embriaga placenteramente. Te deseo de todas las maneras posibles. Deseo que te quedes conmigo. Mis piernas rodean tu cintura y tú, delicadamente, acaricias las mayas negras que las cubren. Me siento completa por que se que me amas…


Abro los ojos en cuanto escucho que la puerta se abre. Sonrío ampliamente, pues parece como si mis pensamientos te hubieran invocado. Me enderezo con todo el cuidado posible y recargó uno de mis hombros en la sucia pared, mientras te recibo con un rostro lleno de felicidad. Mis atadas manos caen sobre mi regazo y te miro con expectación. Estoy queriendo que ya te encuentres a mi lado.


Te agachas, como siempre, y quedas frente a mí. Me miras como si no me conocieras y mi sonrisa se encoje un poco, no sé si te está pasando algo. Ansiosa por la lejanía, alzo la barbilla e intento besarte, pero me apartas tan bruscamente que me golpeo contra la pared. Te miro, sin saber que sucede, tú solo te acercas y me desatas. Me lastimas, no puedo evitar gemir de dolor mientras miro como la sangre seca de mis muñecas es cubierta por sangre nueva. A ti no te preocupa y continúas con mis pies. Después, me tomas del codo para ponerme bruscamente de pie. Me siento mareada y débil, pero un atisbo de esperanza se asoma para mí cuando comprendo que por fin vas a sacarme de ése lugar. Por fin aceptaras lo que sientes. No tendría que esconderme más.

Algunas lágrimas de emoción bordearon mis ojos y sonreí aún más conforme nos acercábamos a la puerta, no podía creer que estuviera sucediendo. Lo único que me importaba era estar contigo.


La puerta se abrió y yo fui empujada al suelo. Caí sobre mis manos, pero aún así todo el cuerpo me dolió. La cantidad de luz me dejó ciega por un momento. Desesperada te busqué, mientras parpadeaba para deshacerme de las lágrimas. Seguías en el marco de la puerta, mirándome con una mezcla de lástima y odio.

                  No entiendo – susurré en voz muy baja

                – Debes irte. Estoy con alguien más


Mientras mi corazón gritaba de dolor, yo me quedé muda. Mi respiración se entrecortó y un montón de lágrimas se agolparon en mis ojos. ¿Cómo pasó? ¿Por qué? ¿Cuándo dejaste de quererme? Miré las heridas de mi cuerpo, incrédula. Me consumiste por completo y ahora, inservible, me dejas como a una muñeca rota. No entiendo nada ¿Quién es ella? ¿Por qué ella? El pecho me arde, quiero desgarrarlo.

                – Eres libre

– ¿Libre? Preferiría pasar el resto de mi vida atada de manos que imaginarte besando a otra. No me cambies. Por favor. No me dejes. Soy tuya.

– Adiós

– Pero – la puerta del lugar donde había vivido los últimos años se cerró en mi cara. Él la cerró – yo te amo…










Jessica Moyado

sábado, agosto 10, 2013

El girasol negro





 
El sol no sabe llorar. Tampoco se ríe conmigo. Figura de amor en su apogeo de soledad. Pero se le necesita. Los dos pequeños capullos que se quieren abrir lo buscan. Necesitan de su calor para gozar el frío. La deslumbrante rosa roja se deshoja en su consumo sin embargo, se muestra firme hasta en el azul invierno, junto a su compañero. Él, aunque lejos, le manda besos desde el cielo, a veces al salir y antes de esconderse. Qué locura, amor sincero.

Su primera creación el girasol negro ha sido, a veces plaga en sus otros botones. Conforme su tallo crece, se cierra al sol. Cree que no lo necesita. Se muda a la sombra de su amor. Baila en el sentido contrario a las agujas del reloj. Madura o no, la flor rechaza el calor. Se cierra en el día y se abre en la noche, mostrando así su rebeldía. Lo lamentará mañana. Todos saben que el Sol se despedirá sin previo aviso, y el primero en extrañar el amarillo calor, el girasol negro será.
 
 
 

miércoles, junio 19, 2013

Mandamientos


 
Si los 10 mandamientos blogeros existieran, el primero sería no abandonarás tus blogs por sobre todas las cosas. Y de ser así, probablemente me iría al infierno... 
 
 
 
 
 
 
 
gracias por las nuevas caritas que me he encontrado en mis seguidores :)
 
 
Jess.

Lee "Sunset"